| Pero si las explicaciones
son varias para el vulgar "forro" que los egipcios ya
conocían, los griegos utilizaban el intestino de cabra, y
los chinos el papel del arroz, la necesidad de su uso surgió
para prevenir enfermedades más que como método para
evitar la concepción.
La historia médica le adjudica al anatomista Gabrielle Fallopio
la idea de envolver el glande en tela de lino empapada en un antiséptico
para evitar la propagación de la sífilis a mediados
del siglo XVI. Este habría sido el primer preservativo artificial,
y para su fabricación se utilizaron las tripas de los animales,
hasta que se descubrió el látex. Sin embargo, sólo
en los ´70, el condón se pudo vender libremente, y
su venta no fue motorizada por la libertad sexual que caracterizó
la década sino al sida que ya mató a 19 millones de
personas y mantiene infectada a un población mundial equivalente
a la de Argentina.
Han sido los Ministerios de Salud pública de los países
desarrollados los que con sus campañas del "póntelo
y pónselo" apelan al uso del preservativo y a la distribución
gratis del condón para evitar que el sida siga matando, sobre
todo en África, donde se calcula que en 2010 podría
haber unos 28 millones de niños huérfanos.
Si las cifras siempre diluyen la humanidad escondida en el número,
cuesta entender que se haga de esta tragedia de salud pública
planetaria una cuestión moral que es privada y difícil
de debatir.
Cada persona tiene derecho a vivir según sus convicciones,
y a elegir la abstinencia o el sexo sólo para tener hijos,
pero la moralidad o la espiritualidad dependen más del amor
y la responsabilidad con la que se vive la sexualidad que de un
pedazo de goma. Y esa educación para el amor debiera ser
la auténtica función de los que cuidan nuestras almas.
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